El templo inacabado: por qué la masonería sigue funcionando
Tres siglos después, la logia aún hace algo que ninguna aplicación ha logrado reproducir: una respuesta operativa a la crisis moderna del carácter y la conexión.
Toda institución que sobrevive trescientos años responde a alguna pregunta humana permanente. Los parlamentos responden a la pregunta del poder; las universidades, a la del conocimiento. La logia responde a una pregunta que casi hemos dejado de formular en voz alta: ¿cómo se vuelve mejor, deliberadamente, un hombre corriente?
El mundo moderno ofrece la superación personal como un bien de consumo privado: aplicaciones, pódcasts, propósitos. La intuición más antigua de la masonería es que el carácter se edifica como la cantería: despacio, bajo supervisión, en compañía, contra una plomada que no se mueve. La logia aporta lo que la aplicación no puede: testigos. Hombres que advertirán si su conducta se ajusta a su obligación, año tras año, y que están obligados a decírselo con afecto cuando no es así.
Su segunda respuesta es a la soledad, la callada epidemia de nuestra época. La logia precede y sobrevive a toda red social porque no es en absoluto una red: es un lugar, con sillas, deberes y una comida al final, donde la presencia no puede fingirse y la ausencia se nota. Un hombre puede llegar sin conocer a nadie; la propia estructura lo acoge: alguien ha de conducirlo, instruirlo, agasajarlo, visitarlo cuando enferme. La pertenencia no es el resultado de un algoritmo, sino la descripción del cargo de un oficial.
Y su tercera respuesta es a la fragmentación. En la logia, el cirujano se sienta junto al conductor de autobús y lo llama hermano, y lo dice de veras, porque el ritual los ha hecho arrodillarse ante el mismo altar y poner en sus labios las mismas palabras. La igualdad no se proclama; se ensaya hasta que se convierte en un hábito de la percepción.
El templo, recuerda el ritual a cada candidato, nunca está terminado. No es un lamento, sino el diseño. Una institución que prometiera la consumación moriría de éxito o de hipocresía; la que institucionaliza el llegar a ser puede perdurar tanto como los hombres sigan inacabados. Tres siglos de libros de actas sugieren que el suministro está asegurado.